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Velocidad de Ontología

No es cuántos datos tiene una empresa. Es qué tan rápido mejora el modelo que tiene de su propio mundo. Esa velocidad predice quién compone una década y quién se queda coleccionando filas en una tabla.

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Hernán Jaramillo, ARIAS FINANCIAL ACADEMY, and Antonio Linares
Jun 17, 2026
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I. La Palabra que No Entendía

El día que compré Palantir no entendía la palabra más importante de mi propia tesis.

La había escrito. La había dicho en el podcast. Había publicado un artículo de treinta páginas — Palantir: la Compañía más Importante de Occidente — donde la ponía en el centro de todo, como si fuera obvia. “El verdadero moat de Palantir no es su software. Es su dominio de la ontología.” Sonaba bien. Sonaba inteligente. Y durante semanas la usé como se usa una palabra prestada: con la confianza de quien repite algo que escuchó en una buena conferencia, sin haber pagado el precio de entenderla por dentro.

La ontología, escribí entonces, es en filosofía el estudio de lo que existe. Parménides, Aristóteles, Heidegger se pasaron la vida en eso. Y en ciencia de datos, agregué, es el framework que define cómo distintas piezas de información se relacionan entre sí. Correcto. Académicamente impecable. Y completamente hueco, porque una definición no es comprensión. Saber que la ontología “es lo que existe” tiene la misma utilidad práctica que saber que la economía “es el estudio de la escasez”. No te dice nada sobre qué hacer un lunes a las nueve de la mañana cuando tienes que decidir dónde poner tu dinero.

El click — el de verdad, el que te reorganiza el cerebro — no me llegó leyendo a Heidegger. Me llegó mucho después, leyendo a Antonio Linares, y voy a llegar ahí. Pero arrancó con Palantir, porque Palantir es el único lugar donde la palabra dejó de ser filosofía y se convirtió en una máquina que cobra millones de dólares por existir. Así que déjenme empezar por donde de verdad empezó: por un aeropuerto.


II. El Aeropuerto

Imaginen el aeropuerto JFK. No la terminal, no la fila de migración. El concepto “aeropuerto” dentro de un computador.

Para casi cualquier sistema de software del mundo, JFK es una fila en una tabla. Una celda que dice “país: Estados Unidos”, otra que dice “ciudad: Nueva York”, otra con la latitud, otra con la longitud. Datos. Una hoja de cálculo glorificada. Si quieres saber qué aviones despegaron de ahí, abres otra tabla, en otro sistema, que probablemente llama a JFK por otro nombre — un código, un número interno, una sigla que solo el departamento de operaciones entiende. Y si quieres cruzar eso con los retrasos, abres una tercera tabla, en un tercer sistema, donde “retraso” significa algo ligeramente distinto a lo que significaba en el segundo. Ese es el estado natural de los datos en cualquier organización grande: islas que no se hablan, cada una con su propio idioma, cada una jurando que su versión de la realidad es la verdadera.

Una ontología hace algo distinto. En la ontología, JFK no es una fila. Es un objeto — un Aeropuerto, con mayúscula — y ese objeto sabe quién es. Sabe su país, su ciudad, sus coordenadas (eso son sus propiedades). Pero, más importante, sabe con quién está conectado: sabe qué Aviones son operados desde él, qué Vuelos partieron de su pista, qué Aerolíneas lo usan como hub, qué Retrasos se originaron en sus puertas (eso son sus relaciones, o links). Y sabe qué se le puede hacer — qué decisiones, qué cambios, qué órdenes puede recibir y ejecutar contra el mundo real (eso son las acciones). Objetos, propiedades, relaciones, acciones. Cuatro piezas. Eso es una ontología, despojada de toda la filosofía alemana: un modelo donde las cosas que existen en tu negocio están conectadas entre sí de la misma manera en que están conectadas en la vida real, y donde sobre esas conexiones se puede actuar.

El problema que resuelve es el problema más viejo y más caro de la era de los datos: que cada sistema le pone un nombre distinto a la misma cosa. Lo escribí en el artículo de Palantir y lo repito porque es el corazón de todo: un “cliente” en el área de ventas es un “usuario” en el área de producto y una “cuenta” en el área de finanzas. La misma persona, tres nombres, tres tablas, cero conexión. Multipliquen eso por miles de entidades a través de docenas de sistemas y tienen el caos que paraliza a casi todas las empresas del planeta. La ontología impone un idioma común. Un solo modelo de la realidad donde “cliente” significa una cosa, siempre, en todas partes, y donde ese cliente está atado a sus pedidos, sus pagos, sus quejas y sus devoluciones sin que nadie tenga que hacer un Excel a medianoche para cruzarlos.

Y aquí está la parte contraintuitiva, la que comparto porque es la que separa esto de cualquier base de datos común. Cuando le agregas más datos a un sistema tradicional, obtienes más complejidad. Más tablas, más cruces, más gente confundida. Cuando le agregas más datos a una ontología bien diseñada, obtienes más claridad. Porque cada dato nuevo no es una fila más: es una conexión más, un nodo más en una red que se vuelve más inteligente con cada cosa que aprende. Yo lo escribí entonces como una fórmula medio provocadora:

Valor(Datos) = Información × Contexto²

El contexto va al cuadrado porque las relaciones entre datos crecen exponencialmente, no en línea recta. Dos datos tienen una conexión posible. Diez datos tienen cuarenta y cinco. Cien datos tienen casi cinco mil. Una ontología es la única estructura que captura ese valor exponencial mientras todos los demás siguen sumando filas y viendo crecimiento lineal. Por eso Palantir puede integrar una fuente nueva de datos en días mientras sus competidores tardan meses: no están copiando una tabla, están enchufando un nodo a una red que ya entiende el mundo.

Ese fue el primer click. Entender que la ontología no era una palabra elegante para “base de datos”, sino el sistema operativo sobre el cual una organización entiende su propia realidad. Pero faltaba el segundo click, el que convirtió esto de un concepto bonito sobre una sola empresa en la lente con la que ahora miro absolutamente todas mis inversiones. Y ese me lo dio otro inversionista, leyendo sobre una fábrica de medicamentos que se diseña a sí misma.


III. Velocidad de Ontología

Antonio Linares escribe los deep dives más rigurosos que leo en inglés. No los lee mucha gente todavía, lo cual para mí es una ventaja informacional, no un defecto. Y en su análisis de Recursion Pharmaceuticals — una empresa que usa inteligencia artificial para diseñar medicamentos, prediciendo en silicio qué moléculas vale la pena fabricar antes de tocar un solo tubo de ensayo — Antonio nombró el concepto que a mí me faltaba. Lo llamó Ontology Velocity. Velocidad de ontología.

La idea es esta, y se las traduzco tal como me reorganizó la cabeza a mí. Toda empresa tiene una ontología. No solo Palantir. Toda. Es el modelo de trabajo que la empresa tiene del mundo en el que opera, construido a partir de los datos que recoge. Una panadería tiene una ontología pobre y casi inmóvil. Un banco tiene una más rica. Google tiene una monstruosa. Pero el punto de Antonio no es cuán grande es la ontología de una empresa. Es cuán rápido mejora. Porque mientras más rápido mejora el modelo que una empresa tiene del mundo, más rápido entrega más valor por cada dólar que gasta. Y en un mundo donde la inteligencia artificial compone sobre los datos, la empresa con la ontología que mejora más rápido no solamente gana. Abre una brecha que se compone sobre sí misma hasta volverse imposible de cruzar.

Léanlo otra vez, porque es la frase que lo cambió todo para mí:

la empresa con la ontología que mejora más rápido abre una brecha que se compone hasta volverse imposible de cruzar.

No es la que tiene más datos hoy. Es la que aprende más rápido de los datos que tiene. La ontología de Recursion es la biología misma, y su negocio entero es una máquina para mejorar ese modelo de la biología más rápido de lo que cualquier otro puede. El loop es el activo: el laboratorio húmedo genera datos, los modelos predicen, el laboratorio prueba la predicción, el resultado — acierto o error — reentrena el modelo, y vuelve a empezar, cada vuelta más apretada que la anterior. El motor paga su propia mejora. Antonio llama a las empresas con esa forma Singularity Scalers: negocios cuyo output se desacopla del input y que se vuelven exponencialmente más poderosos a costo marginal casi cero a medida que la IA compone.

Ahí fue donde junté los cables. Palantir me había enseñado qué es una ontología. Antonio me enseñó que la ontología no es una foto, es una velocidad — una derivada, para los que les gusta el cálculo. Y que esa velocidad es medible, comparable, y probablemente el mejor predictor que existe de qué empresa va a componer durante una década y cuál se va a quedar coleccionando filas en una tabla.

Desde ese día no he vuelto a mirar una posible inversión de la misma forma. Antes preguntaba lo que pregunta todo el mundo: ¿qué tan grande es el mercado, qué tan barata está la acción, qué tan bueno es el equipo. Ahora, antes que nada, pregunto una sola cosa: ¿qué tan rápido mejora el modelo que esta empresa tiene de su propio mundo? Y cuando empecé a hacerme esa pregunta sobre las empresas que ya tenía en cartera, descubrí que sin saberlo había estado comprando velocidad de ontología todo el tiempo. Solo que no tenía la palabra.

Este es exactamente el tipo de lente que vamos a afilar en vivo en el Día D — 14 de octubre, Auditorio Fundadores de EAFIT, Medellín. Una vez al año la comunidad se sienta en la misma sala a desarmar los modelos mentales con los que vemos el mundo antes de poner el dinero, y este año la velocidad de ontología va a ser uno de ellos. Los detalles y el link de registro están más abajo, al final del artículo; y para los 10am alphas dejé ahí mismo el cupón del 40%.

Pero antes de la sala, los tres ejemplos. Déjenme mostrarles tres.

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Antonio Linares
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