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Buena Vista Social Club, AI y Mis Amigos de Mas de 50

Los músicos no se volvieron mejores en los 90; ya eran maestros. Lo que cambió fue que desapareció la fricción y el mundo pudo escucharlos. Eso mismo va a pasar con mis amigos ingenieros de 50+

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Hernán Jaramillo
Jan 31, 2026
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En 1996, el guitarrista Ry Cooder viajó a La Habana a grabar una colaboración entre músicos cubanos y africanos. Problemas de visa cancelaron a los africanos. Cooder pudo haberse ido. En vez de eso, Juan de Marcos González lo llevó a conocer a un grupo de músicos ancianos que llevaban décadas tocando en Cuba sin que nadie afuera supiera que existían.

Ibrahim Ferrer había estado lustrando zapatos. Compay Segundo seguía componiendo a sus 89 años. Rubén González no tocaba piano porque la artritis había convertido su instrumento en un mueble. Omara Portuondo cantaba en cabarets medio vacíos. Eran leyendas, pero leyendas sin audiencia—atrapados en una isla donde el tiempo se había detenido mientras el mundo seguía girando.

Grabaron en los estudios EGREM de La Habana, casi todo en vivo, con mínimas correcciones. Lo que salió no era nostalgia. Era maestría destilada—son cubano, bolero, danzón, música que no había sido tocada por tendencias porque las precedía. El álbum vendió millones, ganó un Grammy, y el documental de Wim Wenders los puso en escenarios de Amsterdam y Nueva York.

Compay Segundo grabó discos hasta poco antes de morir a los 95 años. Ibrahim Ferrer pasó de lustrar zapatos a llenar auditorios en Europa. Omara Portuondo sigue cantando a sus 93 años.

La historia de Buena Vista es el tipo de accidente que solo ocurre cuando el talento espera pacientemente a que llegue el momento correcto.


Conozco una generación que está por vivir algo parecido.

Son los ingenieros que estudiaron mecánica en EAFIT, civil en la EIA, química en la UPB. La generación que conoció la ingeniería cuando todavía olía a soldadura y papel milimetrado. Nunca tuvieron que memorizar sintaxis ni discutir si React era mejor que Vue. Lo más digital que vieron fue Mario Bros en Nintendo.

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Pero entendían la física del mundo. Cómo fluye el agua, cómo falla un puente, cómo vibra un motor, cómo se comporta un reactor. Ingeniería en su forma más pura: fuerzas, geometrías, fluidos, materiales, estructuras.

Durante veinticinco años, vieron cómo una nueva casta de “sacerdotes tecnológicos” construía imperios sobre una habilidad que ellos nunca dominaron: escribir instrucciones en un lenguaje que las máquinas pudieran entender. El código se convirtió en el peaje obligatorio para participar en la economía digital. Si no sabías programar, estabas fuera.

Podías tener treinta años de experiencia resolviendo problemas de ingeniería de verdad—puentes que no se caen, procesos químicos que no explotan, máquinas que funcionan por décadas—pero sin la capacidad de traducir ese conocimiento a software, quedabas encapsulado en industrias tradicionales mientras la plata fluía hacia Silicon Valley.

Ahora eso está cambiando. Y para entender por qué, hay que entender qué fue realmente la era del código.

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